Después de cinco años de DACA, que harán los jóvenes inmigrantes?

Pensando en la vida de José, un jóven indocumentado.

 

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Al caer el sol una tarde de verano, hace cinco años, me encontraba en Mariachi Plaza, un lugar donde los músicos mexicanos se han congregado por más de 80 años para buscar trabajo en fiestas y restaurantes a lo largo de Los Angeles.

José escogió éste lugar para mi entrevista sobre los Dreamers, los jóvenes inmigrantes indocumentados que fueron traídos a Estados Unidos cuando eran niños. Mexicano y de 19 años de edad, me pidió que no usara su apellido por no querer llamar la atención a su estatus migratorio. Sin embargo, José me dijo que se sentía esperanzado porque probablemente podría conseguir un permiso de trabajo bajo la nueva política de Deferred Action for Childhood Arrivals policy, o DACA, un programa que prometía proteger a cientos de miles de Dreamers de la deportación.

“Durante toda mi infancia, viví con el temor de ser deportado,” me dijo cuando nos sentamos a hablar. "En Alabama, donde vive el resto de mi familia, a la policía no le importa si viniste al país cuando eras niño, como yo vine, de una situación de pobreza y de violencia. No les importa. Te arrestarán y te deportarán inmediatamente.” 

Pero José dijo que aquí en California, la policía no cooperaba con los agentes federales de migración como lo hacían en Alabama. Así que siguiendo el consejo de varios amigos indocumentados al igual que él, José tomó un bus Greyhound desde Alabama hacia Los Angeles, esperanzado de empezar una nueva vida. También decidió aplicar a DACA, lo que le permitiría conseguir un buen trabajo y ojalá, algún día, le ayudaría ir a la universidad. 

David Buenrostro se sienta al frente de la oficina de campaña de Barack Obama en Culver City, Los Angeles, para presionar al ex-presidente a que firme una órden ejecutiva de amnistía para los estudiantes indocumentados. Obama estableció la política migratoria temporal en junio del 2012, para que jóvenes como Buenrostro no sean deportados y puedan aplicar a permisos de trabajo.
Roberto Guerra

José y los más de 200.000 jóvenes inmigrantes indocumentados en California que aplicaron a DACA no tuvieron otra opción que registrarse con el gobierno federal. “Me preocupa mucho que sabrán exactamente donde encontrarme,” me dijo. “¿Pero que puedo hacer? Estoy cansado de esconderme.” 

El 5 de septiembre, el fiscal general Jeff Sessions anunció que el gobierno terminaría con DACA. Hace ya tiempo, los defensores de derechos de inmigrantes temían que eso sucedería con el programa que ha ayudado a más de 800.000 jóvenes inmigrantes. En cierto punto, el candidato Donald Trump declaró que pondría fin al programa “inmediatamente.” Después de la elección, la Casa Blanca demostró que los inmigrantes indocumentados en general — y los Latinos con raíces indígenas y de clase trabajadora en particular — son sus chivos expiatorios favoritos, a pesar de que Trump haya parecido vacilar sobre DACA. 

En su discurso sobre el cierre del programa, el fiscal general dijo que las razones de la clausura tenían que ver con la seguridad nacional y la economía del país.

“El efecto de ésta amnistía ejecutiva unilateral, entre otras cosas, contribuyó a que haya un aumento en la entrada de menores no acompañados por la frontera sur, lo que llevó a terribles consecuencias humanitarias,” dijo Sessions. “También le quitó trabajos a cientos de miles de americanos, al permitir que aquéllos trabajos vayan a ilegales… Al cumplir la ley salvamos vidas, protegemos a comunidades y a contribuyentes, y prevenimos el sufrimiento humano. Por no habre cumplido las leyes en el pasado, nos hemos arriesgado al crímen, a la violencia, y hasta al terrorismo.”

Sus afirmaciones, sin fundamento y en gran parte falsas, buscaron ilustrar al típico jóven indocumentado como alguien quien se aprovecha del sistema y que tiene intenciones criminales. En realidad, los menores no acompañados que llegan a la frontera no son elegibles para DACA. Un récord criminal descalificaría a cualquiera del programa. Y si de trabajos se habla, las palabras de Sessions no podrían haber sido más engañosas: Aproximadamente el 91 por ciento de los beneficiarios de DACA están trabajando y pagando impuestos. al Center for American Progress, un gabinete estratégico liberal, los Estados Unidos podrá perder hasta 700.000 trabajos y billones de dólares en producción después de la decisión de quitar el derecho a DACA.

DACA fue diseñada como una solución temporal. Idealmente, José y los 1,8 millones de jóvenes inmigrantes indocumentados se habrían beneficiado de una reforma migratoria, o del DREAM Act. Aquélla propuesta legislativa les habría eventualmente ofrecido una residencia permanente. Sin embargo, una y otra vez, a lo largo de dieciséis años, la ley no ha llegado a ser aprobada. “Es por ello que tenemos a DACA, para proteger a nuestros jóvenes de la deportación,” dijo Angélica Salas, directora ejecutiva de Los Angeles’ Coalition for Humane Immigrant Rights, o CHIRLA, una organización que ha ayudado a miles de jóvenes inmigrantes a aplicar a DACA desde el 2012.

La semana pasada, mientras que la especulación sobre el fin de DACA circulaba por las comunidades migrantes de Los Angeles, Salas se dirigió a un grupo de personas que protestaba fuera de un edificio del gobierno federal, al centro de la ciudad.

“Nuestra meta final es la ciudadanía,” dijo Salas, acompañada de un par de estudiantes latinas. “Estamos luchando por un liderazgo que nos represente y que nos vea como los americanos que somos.

Este es un momento alarmante para los inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos. No sólamente son más vulnerables a la deportación, si no que los chances de un DREAM Act, o de una reforma migratoria, parecen ser más precarios de lo que han sido en varias décadas. La retórica nativista que busca culparlos por el desempleo o por el crímen se escucha cada vez con voz más alta.

A los seis meses de conocerlo a José, su teléfono celular fue desconectado. Me encontré a su amigo en una reunión de activistas; me dijo que estaba pasando por un momento difícil en Los Angeles, lejos de su familia, dependiendo de otros jóvenes indocumentados que le pudieran conseguir un sofá en donde pasar la noche. Pero a pesar de todo, me dijo que José seguía con esperanzas: Había aplicado a DACA, y fue aceptado. Ahora me pregunto si el tendrá el chance de ir a la universidad y de tener una vida llena y productiva aquí, como sé que a el hubiera gustado.

La NewTowncarShare News editora colaboradora Ruxandra Guidi escribre desde Los Angeles, California.


 
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